¡Feliz día de la madre!
Hoy queremos agradecer a las mujeres que nos dieron la vida, y muy especialmente a nuestras propias madres, que han sobrevivido a nuestras ocurrencias con una paciencia infinita; por eso queremos regalaros lo que mejor nos sale: un buen rato de risas. Os dejamos el primer capítulo de nuestro libro para que desconectéis, disfrutéis y os peguéis unas cuantas carcajadas. Porque os lo merecéis todo, y un poquito de humor extra nunca viene mal. ¡Gracias por ser el motor de todo!
5/3/2026
Celedonio Melifluo era un hombre de principios. No de grandes principios de esos que salen en los libros de filosofía o en las camisetas de los turistas, sino de principios más terrenales, más de andar por casa. Por ejemplo, tenía el principio de no mezclar nunca en un mismo bocadillo el chorizo y el salchichón —una abominación gastronómica, a su juicio— y, sobre todo, el principio inquebrantable de respetar el sagrado turno en la cola de la carnicería. Para Celedonio, el ticket con el número que te daba la máquina de los turnos era un artefacto tan solemne como el Santo Grial. Y ese martes, su Grial personal marcaba el número 37.
La carnicería de los hermanos Estévez, «Chicha y Nabo», olía como todas las carnicerías del mundo: una mezcla de sangre fresca, productos de limpieza con olor a pino y el aire gélido que se escapaba de las vitrinas. Celedonio llevaba diez minutos de espera, contemplando el baile hipnótico de las tiras de plástico de la puerta y escuchando el murmullo de las otras clientes, un pelotón de señoras de pelo cardado y carro de la compra blindado que analizaban la actualidad política con la misma vehemencia con la que discutían el punto de sal de las lentejas.
—Turno para el treinta y siete —cantó Manolo, el carnicero, un hombre corpulento cuyo bigote parecía tener vida propia.
Celedonio dio un paso al frente, sintiendo esa pequeña victoria del ciudadano de a pie que por fin va a ser atendido.
—Buenas, Manolo. Ponme medio kilo de carne picada, de ternera y cerdo, y si me haces el favor, pásamela dos veces...
No pudo terminar la frase. Una sombra, veloz y decidida, se interpuso entre él y el mostrador. Era una señora menuda, con una permanente que desafiaba las leyes de la gravedad y una mirada más afilada que el cuchillo de deshuesar de Manolo. En una mano sostenía un monedero con cierre de boquilla y en la otra, un aura de tener más razón que un santo.
—Manolo, hijo, cóbrame esto rápido que tengo el puchero en el fuego y se me agarra —dijo la mujer, depositando un paquete de solomillo sobre el mostrador con la autoridad de un general desplegando un mapa de batalla.
Manolo miró a Celedonio. Celedonio miró a Manolo. La señora, a la que llamaremos Doña Elvira, no miró a nadie. El universo la había puesto allí para comprar solomillo, y el resto del cosmos podía esperar.
—Disculpe —se atrevió a decir Celedonio con la máxima amabilidad que pudo reunir—. Creo que iba yo. Tengo el treinta y siete.
Doña Elvira giró la cabeza con la lentitud de un monumento tectónico. Lo escaneó de arriba abajo, desde sus zapatillas de marca hasta su peinado, que a ojos de ella era, sin duda, obra del diablo o de un peluquero drogado.
—¿Tú? —resopló, como si la mera idea fuera un insulto a la lógica—. Anda, anda, niño. Yo ya estaba aquí cuando a ti todavía te sonaban los mocos. Llevo toda la vida comprando en esta casa. ¡Manolo, cóbrame!
—Pero, señora, es que no es justo. Hay un sistema de números para algo —insistió Celedonio, sintiendo cómo sus principios empezaban a vibrar como la cuerda de un violín a punto de romperse.
El comentario fue la chispa que incendió la pradera. El resto de las señoras, que hasta entonces habían parecido un mero elemento decorativo, se activaron como un enjambre de avispas.
—¡Lo que hay que oír! —graznó una desde el fondo, ataviada con un abrigo de estampado de leopardo—. ¡Esta juventud, que no tiene respeto por nada! ¡A una persona mayor!
—¡Exacto, Maruja! —la apoyó otra, golpeando el suelo con su bastón—. ¡Todo el día con el telefonito en la mano y luego no saben ni lo que es la educación! ¡Seguro que eres de ésos que no se levantan en el autobús!
Celedonio se quedó boquiabierto. ¿El telefonito? ¡Si lo tenía en el bolsillo! ¿El autobús? ¡Si había venido andando!
—Pero si yo sólo...
—¡Tú nada! —sentenció Doña Elvira, envalentonada por sus nuevas aliadas—. ¡Malcriado! ¡Vago! ¡Que seguro que ni trabajas! ¡A tu edad ya tenía yo tres hijos y fregaba escaleras! ¿Verdad, Manolo?
Manolo, atrapado en el fuego cruzado, sudaba la gota gorda. Su bigote se había replegado en señal de pánico.
—Bueno, señoras, vamos a calmarnos... El chico tiene el número...
—¡El número se lo puede meter por donde le quepa! —gritó la del abrigo de leopardo, desatando una ovación cerrada entre sus compañeras.
La situación era surrealista. Celedonio se sentía como un explorador rodeado por una tribu hostil. Sus protestas se ahogaban en un mar de acusaciones absurdas. Lo culparon del cambio climático, de la mala calidad de los programas de televisión y de la subida del precio del aceite. Una señora bajita, con gafas de culo de vaso, juró por sus muertos que lo había visto hacer un grafiti la semana pasada.
Mientras Celedonio intentaba defenderse, balbuceando argumentos lógicos que rebotaban contra un muro de indignación geriátrica, no se percató de un detalle. Una de las señoras del fondo, una tal Concha, famosa en el barrio por ser la primera en tener un smartphone, había levantado su teléfono. Con el pulso tembloroso, pero con la determinación de un corresponsal de guerra, enfocó la escena y pulsó el botón de grabar.
—Para que lo vea mi yerno —masculló para sí misma—. Para que vea la clase de niñatos que hay hoy en día. Sinvergüenza.
Y mientras el dedo de Concha temblaba sobre el icono de «Compartir», el universo, con su particular y retorcido sentido del humor, se preparaba para presionar su propio botón de «Enviar a todos». El Apocalipsis no empezaría con trompetas ni con jinetes espectrales. Empezaría con medio kilo de carne picada y una señora que tenía mucha, muchísima prisa.


Capítulo 1
Plantando la semilla del caos...
